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"… para parar las aguas del olvido."

No es sólo abrir la boca. Habladores y Discursos

Cada vez un número más elevado de personas se ve en la necesidad de hablar en público pero por desgracia eso no significa que tengamos la oportunidad de escuchar buenos discursos. Buenos, no sólo por el tema, sino también por la forma y por el modo en que el discurso es pronunciado. Ya ni siquiera los, antaño, templos de la oratoria, el parlamento y la iglesia, pueden jactarse de ser escenario de grandes discursos. La mediocridad se ha adueñado de las tribunas de los oradores y de los púlpitos de los predicadores.

Se dice, y no sin razón, que la base de la oratoria es tener algo que decir y querer decirlo; pero si bien esa motivación es el punto de arranque hace falta algo más que buena voluntad y conocimientos más o menos profundos sobre un tema concreto para construir un buen discurso. Y ¿qué es un buen discurso? Como norma general podríamos decir que aquél que se adecua a su fin y lo obtiene; y el objetivo general de todo discurso, independientemente de su concreción es: persuadir y mover (a la acción). No sólo es necesario convencer racionalmente, apelando a los argumentos de la razón, a los oyentes. También es necesario lograr que el oyente se mueva, que actúe en la dirección indicada por el discurso.

El interés por el conocimiento y el estudio de las normas que rigen la elaboración del discurso persuasivo no es algo nuevo, desde la antigüedad clásica las artes del discurso han despertado el interés de las personas cultas, magníficos ejemplos de oratoria pueden encontrarse en la Iliada, interés que menguó durante los siglos xviii a xx por causa de la identificación de la retórica con el uso abusivo de figuras y de un lenguaje recargado y huero. Pero nada más lejos de la intención de los tratadistas antiguos y medievales que el convertir a la retórica en eso. Afortunadamente, el siglo xx ha visto un resurgir del interés por la cosa retórica y han aparecido nuevas y muy interesantes escuelas de retórica, así como cientos de cursos y libros de oratoria práctica.

El orador, nos dice Cicerón, debe tener en cuenta tres cosas: qué decir, en qué orden y cómo.” (Orator § 43). La primera de esas tres cosas que cita Cicerón nos remite a la Inventio o dicho de otra manera, el acto de encontrar o decidir de qué se va a hablar, qué se va a decir. Ese qué decir sería algo así como la esencia del discurso o su hilo conductor, esencia que se ha de revestir luego con el con el cuerpo que le ofrecen los demás elementos o hilo que se ha de tejer para crear una trama.

El segundo aspecto, el relativo al orden en que se ha de decir lo que queremos decir, es lo que se conoce con el nombre de Dispositio. Aquí se trata de ordenar los argumentos que vamos a emplear en nuestra exposición. Los dividiremos según su peso en primarios y secundarios y aún incluso algunos quedarán fuera. Meditaremos en que parte del discurso aparecerá cada uno de ellos y de que forma y manera los iremos alternando. Analizaremos las posibles objeciones y trataremos de rebatirlas, ya sea que aparezca de manera explícita en el discurso o que decidamos no incluirlas y dejarlas como reserva de una posible réplica.

Y finalmente, la tercera cosa que menciona el Retor latino,el cómo, es lo que se conoce como Elocutio. En esta fase se encarnan los argumentos que hemos encontrado y que hemos clasificado y colocado en el esqueleto del discurso. Ahora buscamos las expresiones lingüísticas adecuadas, la palabra precisa para lograr de la mejor manera posible alcanzar nuestro objetivo. Aquí es donde tejemos el discurso que luego pronunciaremos, y le damos forma. Una forma que ha de ser la apropiada al tema y al auditorio. Parece obvio que no es lo mismo hablar de la Teoría de Cuerdas ante una audiencia formada por expertos en la materia, a los cuales les estamos presentando un nuevo avance, una nueva ecuación resuelta, que hacerlo ante otra formada por estudiantes de secundaria, a los que vamos a darles datos muy generales para que puedan hacerse una idea de lo que es esa teoría, o ante una asamblea de políticos y empresarios a los cuales tratamos de convencer para que sigan financiando nuestras investigaciones.

Como se echa de ver si bien el tema es idéntico no lo es en absoluto ni la audiencia, ni el objetivo final del discurso. Por lo tanto, ni los argumentos que usemos ni el envoltorio en que esos argumentos son presentados puede ser idéntico. Deberemos adaptar tanto el fondo como la forma del discurso al tipo de oyente que tenemos y al objetivo final que perseguimos, que en última instancia viene marcado por nuestro auditorio.

Y es ahí donde yo veo un gran problema de muchos oradores modernos. Su incapacidad para cambiar de registro, para adecuarse a las circunstancias de lugar y de entorno, lo que llamaban los tratadistas clásicos el decorum. Por eso más de un buen mensaje se pierde en el aire de nuestros parlamentos, de nuestras Aulas Magnas y de nuestras iglesias o mítines callejeros. Veo una abundancia del estilo áspero y descuidado, como sinónimo de sencillo, llano y claro; pero esto, lejos de ser así, en muchas ocasiones entorpece la transmisión clara y distinta de las ideas que el orador desea dejar en la mente y en el corazón de su auditorio. Porque el discurso, como más arriba se ha dicho, no sólo ha de apelar a la razón (para persuadir) sino también al corazón (para mover a la acción). En el otro extremo, se identifica lo cuidado y elegante con lo huero y falto de significado; pero se olvida que con frecuencia la dulzura gana más adhesiones que la amargura. Se cazan más moscas con miel que con vinagre, y ese viejo refrán vale también para el tema que nos ocupa.

Desde luego muchas cosas más podrían escribirse sobre este tema, y se han escrito para el que tenga interés en leerlas. En cualquier biblioteca pública se pueden encontrar estas obras que tan útiles son para quien sabe leerlas y extraer el néctar que contienen. Me permito citar aquí algunas de ellas, que pueden servir para ir abriendo boca.

Aristóteles, La Retórica. (La cito porque es probablemente el más conocido de todos los tratados retóricos pero tal vez convenga empezar por otros textos. Como los que cito debajo.

Marco Tulio Cicerón, El Orador

Cicerón, Bruto

Cicerón, De Oratore (No confundir con la 1ª obra citada de Cicerón)

Anónimo, Retórica a Herenio

Quintiliano, Instituciones Oratorias

No cito edición porque hay diversas ediciones, en general de excelente calidad. En todo caso la que encontréis en la Biblioteca o en la librería de turno os permitirá acercaros a este arte. Hay por supuesto retóricas contemporáneas, como la del Grupo Mi, Retórica General; o la monumental obra de Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca, titulada Tratado de la Argumentación. Una excelente introducción al tema de la retórica en la actualidad es el texto del malogrado Antonio López Eire, de quien tuve el honor de ser alumno siquiera por breve tiempo, y que lleva por título Actualidad de la Retórica. En todos esos textos encontraran abundantes referencias a otros autores y otros textos, tirando del hilo con paciencia y práctica irán tejiendo su propio hilo de Ariadna para guiarse y salir con bien de este laberinto que es la necesidad de comunicarnos y de hacerlo de manera apropiada, útil y bella.

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