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"… para parar las aguas del olvido."

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Vida, carácter y avestruces

Nada más triste que un titán que llora,
hombre-montaña encadenado a un lirio. 
Rubén Darío

En las situaciones difíciles, duras y complejas que como seres inmersos en la vida tenemos que enfrentar es donde descubrimos nuestro auténtico temple, de qué metal estamos forjados (si se me permite la metáfora cosificadora). Esas situaciones ponen a prueba nuestro carácter y, en primer lugar, ponen a prueba si lo tenemos. No es nuestra capacidad intelectual o de análisis lo primero que es probado en esos momentos; esa capacidad para pensar con claridad se ve afectada por nuestra situación emocional, por la presión a que estamos sometidos; sino nuestro temple para no hundirnos. Al igual que una goma somos estirados, incluso muchas veces más allá de lo que creíamos ser capaces de soportar; es el carácter, forjado a lo largo de nuestra vida, desde la infancia hasta la edad adulta y dentro de ésta desde sus primeros instantes hasta momento final, el que nos permite volver a recuperar la forma original o nuestra elasticidad sin que nos quebremos o quedemos como un objeto amorfo que no es ya útil. Es verdad que en situaciones extremas nos descubrimos haciendo cosas que jamás hubiéramos pensado ser capaces de llevar a cabo y enocntramos una entereza y una energía que nunca hubiéramos sospechado poseer; eso es el carácter.

Forjado poco a poco en los fuegos de la vida, dándole cara a las dificultades y enfrentando los desafíos. Comenzamos viendo a nuestros padres enfrentarse a situaciones difíciles y ellos nos van mostrando el camino y cuando comienzan nuestros retos tenemos un modelo a quien imitar y un indicador que nos señala el camino. Empezamos de la mano y con el apoyo incondicional de nuestros padres, de nuestros hermanos, de aquellos que nos quieren y,  después, de manera cada vez más autónoma, aunque nunca totalmente en soledad. ¡Qué imporante es sentirse y saberse acompañados en esos momentos que exigen lo mejor de nosotros mismos!

Nada más triste que un ser humano adulto incapaz de hacer frente a sus responsabilidades, que ante la dificultad esconde la cabeza detrás de una interfaz, de alguien que “de la cara” por él, que le resuelva las dificultades. Una tal persona de seguro que no tiene conflictos ni roces con otros seres humanos, posiblemente se considere una persona que se lleva bien con todo el mundo, alguien sin enemigos; pero una persona así es alguien que no vive la vida plenamente porque vivir es rozar y es desgastarse, es dejarse jirones de uno en el camino, en los otros. A veces ese roce es agradable en otras es incómodo o abiertamente desagradable y molesto; pero es el roce el que graba en nosotros la huellas del recuerdo en la memoria.

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Comunicando…?

Vivimos en el mundo de la comunicación y del intercambio instantáneo y rápido de ideas, la web 2.0 es la de la interacción personal, y toda interacción es mensaje. Recibimos una continua lluvia de mensajes e informaciones diversas, ya sea a través de los medios de comunicación tradicionales, ya por las redes sociales o a través de nuestras charlas en el trabajo con los colegas o en casa con la familia. Los mensajes que recibimos son de todo tipo y cada uno de ellos persigue su fin específico, fin que en principio debemos admitir como legítimo, por más que puedan molestarnos los cortes publicitarios en medio de nuestra serie favorita o las noticias de sociedad antes de la información deportiva.

No obstante, la preocupación por la comunicación y los factores que inciden en ella han ocupado al ser humano desde muy antiguo, la sistematización de las artes del discurso elocuente las hace remontar la tradición a Corax y Tisias allá por la Siracusa del siglo V a. de C. Con lo que como se echa de ver son muchos los siglos que el hombre lleva reflexionando sobre este asunto desde diferentes perspectivas. Y uno de los primeros temas que surge es el de la verdad. Muy pronto se dieron cuenta los que se dedicaron a reflexionar sobre estas cuestiones que la oratoria, o arte de hablar en público, era una ciencia éticamente neutra y que desgraciadamente la capacidad de usar sus normas para persuadir eficazmente eran válidas independientemente de la catadura moral del individuo que las usara.

La literatura técnica de la antigüedad, está llena de advertencias y de recomendaciones sobre este tema. Platón advierte de los peligros de la retórica en manos de personas inmorales, lo mismo hacen Aristóteles, Cicerón, o Quintiliano, y eso por no citar sino a los más conocidos. Y el problema final reside no en el fin en sí mismo; es decir, en el hecho de que quieran convencerte de algo que les beneficia, o deseen venderte algo, el problema reside en la verdad de lo que se comunica, ¿te están engañando? Merece en este punto recordar la definición que Catón el Viejo da del orador: “Vir bonus, dicendi peritus” que podríamos traducir como “un hombre honesto hábil para comunicar”. Definición que fue repetida después por otros muchos como Séneca, Cicerón o Quintiliano; quien hace del carácter ético del orador un rasgo básico y fundamental de su programa de formación y de la oratoria en conjunto.

Que la comunicación está ligada a la ética por su propia naturaleza y que la cuestión de la verdad sigue vigente hoy en día es evidente si nos acercamos a cualquiera de los manuales de pragmática disponibles en el mercado, o a los de semántica o retórica. Pero como no es mi objetivo en este artículo reflexionar sobre qué sea la verdad o que han dicho los filósofos sobre la verdad sino;  señalar la importancia de que el discurso se ajuste a la necesidad ética de ser verdadero me limitaré a citar, para aquellos que sientan alguna curiosidad sobre el tema, la Teoría de los Actos de Habla (Acts Speech) de Searle, la Teoría de la Relevancia de Sperber y Wilson, o la Teoría Cooperativa o Principio de Cooperación de Grice. Y es en esta última en la que me voy a centrar para citar simplemente algunas de sus máximas. Máximas que deben presidir cualquier acto comunicativo para que este sea relevante y válido; y por supuesto, ético.

Para Grice todo acto comunicativo debe partir de un acuerdo entre aquellos que participan en dicho acto. Y enumera las siguientes normas que el denomina máximas:

  1. Máxima de Cantidad: Hace referencia a la cantidad de información que se debe proporcionar.

    1. Haga que su contribución sea todo lo informativa que el intercambio requiera.

    1. No haga que su contribución sea más informativa de lo que el intercambio requiera.

  1. Máxima de Calidad:

    1. Haga que su contribución sea verdadera

2.1.1 No diga lo que crea que es falso.

2.2.2 No diga nada de lo que no tenga pruebas adecuadas.

  1. Máxima de Relación (o relevancia)

    1. Haga su contribución relevante.

  1. Máxima de Modalidad

    1. Sea usted claro

      1. Evite la oscuridad.

      1. Evite la ambigüedad.

      1. Sea breve. (Evite ser prolijo)

      1. Sea ordenado.

Habrá quien pueda echar en falta otros aspectos, como la cortesía, pero en todo caso son un cimiento imprescindible para una comunicación veraz y ética, de la que tan necesitados estamos. Más en estos tiempos en que la ambigüedad y las medias verdades están a la orden del día. Y no sólo en el mundo de la política, aunque ese sea un terreno abonado igual que el mundo de la publicidad. Esto ocurre en nuestra vida diaria también, con nuestras familias sin ir más lejos. Sería conveniente que reflexionáramos un poco sobre la importancia de una conducta ética al comunicarnos con los demás, al relacionarnos con ellos. Y no olvidar nunca que aún considerando que se persiga un fin ético, no siempre el fin justifica los medios.

Influencia: Algunas ideas sueltas

Cada hombre es un héroe y un oráculo para alguien, y para esa persona, lo que diga tiene valor adicional.” Ralph Waldo Emerson

Recuerdo hace algunos años unas declaraciones del jugador de basket, Dennis Rodman, en las que tratando de justificar sus escándalos decía que no pretendía ser ningún modelo para nadie, pero estaba ignorando, deliberadamente o no, el hecho de que más allá de nuestra voluntad influimos en las personas que tenemos alrededor de nosotros, positiva o negativamente para bien o para mal. No podemos decidir no influir a nadie, por el mero hecho de ser seres en comunidad vivimos en interacción unos con otros y nos influimos unos a otros. Todos influimos en otras personas y a través de esas personas en aquellos que, a su vez,  son influidos por ellos. No hace falta ser importante para ser una persona influyente.

Si queremos ser una fuerza de cambio positivo en nuestro entorno tenemos que tener la capacidad de influir en los que nos rodean, hemos de ser personas influyentes. Gran parte de nuestro éxito profesional y personal depende de nuestra capacidad de influir en otros. Lo importante es que tengamos claro que no se nace siendo influyente. La influencia es alfo que se desarrolla con el tiempo, crece como los seres vivos, por fases y no se alcanza de un momento para otro por medio de un acto mágico o mediante la consecución de algún título.

Por otro lado es fundamental recordar que nuestra influencia  no es la misma con todas las personas. Aunque afectamos a casi todas las personas  con las que nos relacionamos no lo hacemos de la misma manera ni con la misma profundidad.

Influencia y liderazgo van de la mano, de hecho, se puede decir que liderazgo es influencia, nuestra capacidad de influir en otros. Existen diferentes niveles de influencia en mi opinión al menos se dan los siguientes:

En un primer momento influimos a los demás por medio de nuestras acciones, por la seguridad, la confianza o el optimismo y el ánimo que les transmitimos. A medida que nos conozcan mejor aumentará nuestra credibilidad y por lo tanto nuestra capacidad de influir. Cuando conocemos a alguien no tenemos, por lo general, ninguna influencia sobre esa persona. Si hemos sido presentados por alguien en el que confían entonces se produce una transferencia de la credibilidad y de la influencia de esa persona hacia nosotros; hasta que nuestra credibilidad no quede establecida dependemos de la credibilidad prestada por la persona que hizo la presentación. Un buen ejemplo de este nivel lo tenemos con el Follow Friday de Twitter, cuando sigues a alguien basándote en la credibilidad que tiene para tí la persona que realiza la recomendación, y atribuyes temporalmente al recomendado la credibilidad que para tí tiene el recomendador.

De ese nivel que es bastante general y que no hace necesaria una cercanía entre las personas pasamos a niveles en los que es necesaria esa cercanía. En esa cercanía se construye una relación en la que la otra persona se siente a gusto estando contigo y también con ella misma al estar contigo. Siente que puede confiar en tí, que tu interés por él es genuino, que te preocupas por sus necesidades y que le escuchas con interés real.

A partir de ahí, llegas a un punto en el que estás en disposición de ayudar a los que te rodean a desarrollar su potencial pleno, a crecer no sólo profesionalmente sino también y, sobre todo, personalmente.

Y la prueba del algodón es la reproducción, es decir, cuando llegas al punto en el que puedes acompañar a esas personas a reproducir el modelo; de manera que aquellos en quienes has influido ahora sean una influencia positiva para otros y puedan también acompañarles en su camino al desarrollo pleno de su potencial y guiarles al punto de la reproducción. En todo caso, hay una norma que nunca se debe olvidar: A mayor influencia mayor responsabilidad.

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