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"… para parar las aguas del olvido."

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Comunicando…?

Vivimos en el mundo de la comunicación y del intercambio instantáneo y rápido de ideas, la web 2.0 es la de la interacción personal, y toda interacción es mensaje. Recibimos una continua lluvia de mensajes e informaciones diversas, ya sea a través de los medios de comunicación tradicionales, ya por las redes sociales o a través de nuestras charlas en el trabajo con los colegas o en casa con la familia. Los mensajes que recibimos son de todo tipo y cada uno de ellos persigue su fin específico, fin que en principio debemos admitir como legítimo, por más que puedan molestarnos los cortes publicitarios en medio de nuestra serie favorita o las noticias de sociedad antes de la información deportiva.

No obstante, la preocupación por la comunicación y los factores que inciden en ella han ocupado al ser humano desde muy antiguo, la sistematización de las artes del discurso elocuente las hace remontar la tradición a Corax y Tisias allá por la Siracusa del siglo V a. de C. Con lo que como se echa de ver son muchos los siglos que el hombre lleva reflexionando sobre este asunto desde diferentes perspectivas. Y uno de los primeros temas que surge es el de la verdad. Muy pronto se dieron cuenta los que se dedicaron a reflexionar sobre estas cuestiones que la oratoria, o arte de hablar en público, era una ciencia éticamente neutra y que desgraciadamente la capacidad de usar sus normas para persuadir eficazmente eran válidas independientemente de la catadura moral del individuo que las usara.

La literatura técnica de la antigüedad, está llena de advertencias y de recomendaciones sobre este tema. Platón advierte de los peligros de la retórica en manos de personas inmorales, lo mismo hacen Aristóteles, Cicerón, o Quintiliano, y eso por no citar sino a los más conocidos. Y el problema final reside no en el fin en sí mismo; es decir, en el hecho de que quieran convencerte de algo que les beneficia, o deseen venderte algo, el problema reside en la verdad de lo que se comunica, ¿te están engañando? Merece en este punto recordar la definición que Catón el Viejo da del orador: “Vir bonus, dicendi peritus” que podríamos traducir como “un hombre honesto hábil para comunicar”. Definición que fue repetida después por otros muchos como Séneca, Cicerón o Quintiliano; quien hace del carácter ético del orador un rasgo básico y fundamental de su programa de formación y de la oratoria en conjunto.

Que la comunicación está ligada a la ética por su propia naturaleza y que la cuestión de la verdad sigue vigente hoy en día es evidente si nos acercamos a cualquiera de los manuales de pragmática disponibles en el mercado, o a los de semántica o retórica. Pero como no es mi objetivo en este artículo reflexionar sobre qué sea la verdad o que han dicho los filósofos sobre la verdad sino;  señalar la importancia de que el discurso se ajuste a la necesidad ética de ser verdadero me limitaré a citar, para aquellos que sientan alguna curiosidad sobre el tema, la Teoría de los Actos de Habla (Acts Speech) de Searle, la Teoría de la Relevancia de Sperber y Wilson, o la Teoría Cooperativa o Principio de Cooperación de Grice. Y es en esta última en la que me voy a centrar para citar simplemente algunas de sus máximas. Máximas que deben presidir cualquier acto comunicativo para que este sea relevante y válido; y por supuesto, ético.

Para Grice todo acto comunicativo debe partir de un acuerdo entre aquellos que participan en dicho acto. Y enumera las siguientes normas que el denomina máximas:

  1. Máxima de Cantidad: Hace referencia a la cantidad de información que se debe proporcionar.

    1. Haga que su contribución sea todo lo informativa que el intercambio requiera.

    1. No haga que su contribución sea más informativa de lo que el intercambio requiera.

  1. Máxima de Calidad:

    1. Haga que su contribución sea verdadera

2.1.1 No diga lo que crea que es falso.

2.2.2 No diga nada de lo que no tenga pruebas adecuadas.

  1. Máxima de Relación (o relevancia)

    1. Haga su contribución relevante.

  1. Máxima de Modalidad

    1. Sea usted claro

      1. Evite la oscuridad.

      1. Evite la ambigüedad.

      1. Sea breve. (Evite ser prolijo)

      1. Sea ordenado.

Habrá quien pueda echar en falta otros aspectos, como la cortesía, pero en todo caso son un cimiento imprescindible para una comunicación veraz y ética, de la que tan necesitados estamos. Más en estos tiempos en que la ambigüedad y las medias verdades están a la orden del día. Y no sólo en el mundo de la política, aunque ese sea un terreno abonado igual que el mundo de la publicidad. Esto ocurre en nuestra vida diaria también, con nuestras familias sin ir más lejos. Sería conveniente que reflexionáramos un poco sobre la importancia de una conducta ética al comunicarnos con los demás, al relacionarnos con ellos. Y no olvidar nunca que aún considerando que se persiga un fin ético, no siempre el fin justifica los medios.

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No es sólo abrir la boca. Habladores y Discursos

Cada vez un número más elevado de personas se ve en la necesidad de hablar en público pero por desgracia eso no significa que tengamos la oportunidad de escuchar buenos discursos. Buenos, no sólo por el tema, sino también por la forma y por el modo en que el discurso es pronunciado. Ya ni siquiera los, antaño, templos de la oratoria, el parlamento y la iglesia, pueden jactarse de ser escenario de grandes discursos. La mediocridad se ha adueñado de las tribunas de los oradores y de los púlpitos de los predicadores.

Se dice, y no sin razón, que la base de la oratoria es tener algo que decir y querer decirlo; pero si bien esa motivación es el punto de arranque hace falta algo más que buena voluntad y conocimientos más o menos profundos sobre un tema concreto para construir un buen discurso. Y ¿qué es un buen discurso? Como norma general podríamos decir que aquél que se adecua a su fin y lo obtiene; y el objetivo general de todo discurso, independientemente de su concreción es: persuadir y mover (a la acción). No sólo es necesario convencer racionalmente, apelando a los argumentos de la razón, a los oyentes. También es necesario lograr que el oyente se mueva, que actúe en la dirección indicada por el discurso.

El interés por el conocimiento y el estudio de las normas que rigen la elaboración del discurso persuasivo no es algo nuevo, desde la antigüedad clásica las artes del discurso han despertado el interés de las personas cultas, magníficos ejemplos de oratoria pueden encontrarse en la Iliada, interés que menguó durante los siglos xviii a xx por causa de la identificación de la retórica con el uso abusivo de figuras y de un lenguaje recargado y huero. Pero nada más lejos de la intención de los tratadistas antiguos y medievales que el convertir a la retórica en eso. Afortunadamente, el siglo xx ha visto un resurgir del interés por la cosa retórica y han aparecido nuevas y muy interesantes escuelas de retórica, así como cientos de cursos y libros de oratoria práctica.

El orador, nos dice Cicerón, debe tener en cuenta tres cosas: qué decir, en qué orden y cómo.” (Orator § 43). La primera de esas tres cosas que cita Cicerón nos remite a la Inventio o dicho de otra manera, el acto de encontrar o decidir de qué se va a hablar, qué se va a decir. Ese qué decir sería algo así como la esencia del discurso o su hilo conductor, esencia que se ha de revestir luego con el con el cuerpo que le ofrecen los demás elementos o hilo que se ha de tejer para crear una trama.

El segundo aspecto, el relativo al orden en que se ha de decir lo que queremos decir, es lo que se conoce con el nombre de Dispositio. Aquí se trata de ordenar los argumentos que vamos a emplear en nuestra exposición. Los dividiremos según su peso en primarios y secundarios y aún incluso algunos quedarán fuera. Meditaremos en que parte del discurso aparecerá cada uno de ellos y de que forma y manera los iremos alternando. Analizaremos las posibles objeciones y trataremos de rebatirlas, ya sea que aparezca de manera explícita en el discurso o que decidamos no incluirlas y dejarlas como reserva de una posible réplica.

Y finalmente, la tercera cosa que menciona el Retor latino,el cómo, es lo que se conoce como Elocutio. En esta fase se encarnan los argumentos que hemos encontrado y que hemos clasificado y colocado en el esqueleto del discurso. Ahora buscamos las expresiones lingüísticas adecuadas, la palabra precisa para lograr de la mejor manera posible alcanzar nuestro objetivo. Aquí es donde tejemos el discurso que luego pronunciaremos, y le damos forma. Una forma que ha de ser la apropiada al tema y al auditorio. Parece obvio que no es lo mismo hablar de la Teoría de Cuerdas ante una audiencia formada por expertos en la materia, a los cuales les estamos presentando un nuevo avance, una nueva ecuación resuelta, que hacerlo ante otra formada por estudiantes de secundaria, a los que vamos a darles datos muy generales para que puedan hacerse una idea de lo que es esa teoría, o ante una asamblea de políticos y empresarios a los cuales tratamos de convencer para que sigan financiando nuestras investigaciones.

Como se echa de ver si bien el tema es idéntico no lo es en absoluto ni la audiencia, ni el objetivo final del discurso. Por lo tanto, ni los argumentos que usemos ni el envoltorio en que esos argumentos son presentados puede ser idéntico. Deberemos adaptar tanto el fondo como la forma del discurso al tipo de oyente que tenemos y al objetivo final que perseguimos, que en última instancia viene marcado por nuestro auditorio.

Y es ahí donde yo veo un gran problema de muchos oradores modernos. Su incapacidad para cambiar de registro, para adecuarse a las circunstancias de lugar y de entorno, lo que llamaban los tratadistas clásicos el decorum. Por eso más de un buen mensaje se pierde en el aire de nuestros parlamentos, de nuestras Aulas Magnas y de nuestras iglesias o mítines callejeros. Veo una abundancia del estilo áspero y descuidado, como sinónimo de sencillo, llano y claro; pero esto, lejos de ser así, en muchas ocasiones entorpece la transmisión clara y distinta de las ideas que el orador desea dejar en la mente y en el corazón de su auditorio. Porque el discurso, como más arriba se ha dicho, no sólo ha de apelar a la razón (para persuadir) sino también al corazón (para mover a la acción). En el otro extremo, se identifica lo cuidado y elegante con lo huero y falto de significado; pero se olvida que con frecuencia la dulzura gana más adhesiones que la amargura. Se cazan más moscas con miel que con vinagre, y ese viejo refrán vale también para el tema que nos ocupa.

Desde luego muchas cosas más podrían escribirse sobre este tema, y se han escrito para el que tenga interés en leerlas. En cualquier biblioteca pública se pueden encontrar estas obras que tan útiles son para quien sabe leerlas y extraer el néctar que contienen. Me permito citar aquí algunas de ellas, que pueden servir para ir abriendo boca.

Aristóteles, La Retórica. (La cito porque es probablemente el más conocido de todos los tratados retóricos pero tal vez convenga empezar por otros textos. Como los que cito debajo.

Marco Tulio Cicerón, El Orador

Cicerón, Bruto

Cicerón, De Oratore (No confundir con la 1ª obra citada de Cicerón)

Anónimo, Retórica a Herenio

Quintiliano, Instituciones Oratorias

No cito edición porque hay diversas ediciones, en general de excelente calidad. En todo caso la que encontréis en la Biblioteca o en la librería de turno os permitirá acercaros a este arte. Hay por supuesto retóricas contemporáneas, como la del Grupo Mi, Retórica General; o la monumental obra de Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca, titulada Tratado de la Argumentación. Una excelente introducción al tema de la retórica en la actualidad es el texto del malogrado Antonio López Eire, de quien tuve el honor de ser alumno siquiera por breve tiempo, y que lleva por título Actualidad de la Retórica. En todos esos textos encontraran abundantes referencias a otros autores y otros textos, tirando del hilo con paciencia y práctica irán tejiendo su propio hilo de Ariadna para guiarse y salir con bien de este laberinto que es la necesidad de comunicarnos y de hacerlo de manera apropiada, útil y bella.

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